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Noches de verano

Poco después de que desaparecían los majestuosos atardeceres magentas de la ciudad de Monterrey, los tordos y las urracas reposaban en las ramas de los frondosos fresnos y alamillos que existían en casi todas las calles céntricas y se empezaban a encender las luminarias ‘art nouveau’ en la Alameda y en la Calzada Madero, mientras los barrios de clase media baja apenas disfrutaban de un farol colgante de lámina galvanizada en algunas de las esquinas de sus calles recientemente pavimentadas con cemento. Era entonces cuando la mayoría de los vecinos de esas barriadas jalaban sillas y mecedoras hacia las banquetas para huir por unas horas de los tremendos calorones acumulados durante el día en sus estrechas casas cuyos techos eran fabricados con lámina metálica o con cemento, materiales proclives en demasía a la transmisión del calor.

Adrián había nacido en la populosa Calzada Madero y había disfrutado de esas bellas vivencias nocturnas durante sus primeros años de vida. Al anochecer disminuía el tráfico vehicular y pedestre por la nueva avenida que se había convertido en la principal ruta de acceso de los pobladores de las zonas rurales al noreste de Monterrey y al mismo tiempo se integraban algunas pequeñas poblaciones en la frontera norte que se proveían de materiales de construcción, herramientas y mobiliarios domésticos en Monterrey, creando un importante flujo comercial en ambos sentidos.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los fabricantes de muebles metálicos y enseres domésticos se habían quedado casi en bancarrota por la falta de los diversos metales empleados en la Guerra. Fue entonces la época de auge de los comerciantes de materiales de ‘segunda mano’, como era el caso del padre de Adrián. Por obvias razones, ese período de transición sólo duró unos cuantos años y el Bazar de su padre entró en bancarrota, por lo que su familia hubo de trasladarse a una barriada popular ubicada muy cercana a los límites urbanos de la ciudad al inicio de los años cincuenta.

Aunque desaparecieron los flujos de vehículos motorizados en el nuevo barrio y no había luces nocturnas en las calles, el ambiente era mucho más acorde a la mente soñadora de Adrián, ya que a todas horas del día pululaban infinidad de extraños personajes que parecían arrancados de las novelas picarescas, de los circos trashumantes o de los teatros de la legua. Había gran cantidad de personas que buscaban destacar en la fiesta taurina, otros que deseaban ser boxeadores de prestigio, beisbolistas o luchadores profesionales, no faltaban quiénes aspiraban a ser artistas de teatro, cantantes, bailarinas de prostíbulos, maricones de salas de belleza y conspicuos aficionados al alcohol y a la mariguana que habían triunfado en sus actividades profesionales en un grado superior a sus vecinos de barriada y de esa forma expresaban alegremente sus relativos éxitos materiales.

Pero el acento espectacular e insólito de vecindario era el desfile diario de varias docenas de personas dementes, quienes por ser del género pacífico deambulaban por las calles del barrio, principalmente durante la noche, cuando las temperaturas descendían y les permitían pasear tranquilamente, generando una especie de festival surrealista inédito en el mundo. Aunque las representaciones contenían los rasgos característicos de cada personaje, todos los días había nuevas variaciones y acentos que divertían a los vecinos, con excepción de quiénes eran sus parientes más allegados.

Además de este espectáculo gratuito, los vecinos del nuevo barrio de Adrián contaban con otro detonador de diversión en una enorme sala de cine al descubierto, ya que sus propietarios, del gremio sindical, no contaban con suficientes recursos para cerrar la sala y techarla. Por si fuera poco el subdesarrollo, la sala no tenía piso de cemento, sino que utilizaban una especie de gravilla de las usadas en las argamasas para elaborar concretos, cuyos guijarros se convertían en peligrosos proyectiles cuando eran lanzados en contra de los operadores del cine al disgustar a los espectadores las proyecciones entrecortadas de las películas o los anuncios comerciales muy prolongados.

Como no había ningún elemento que protegiera la fuga del sonido hacia el exterior de la sala, los noveles empresarios dueños de la sala resolvieron el problema con la instalación de un enorme aparato de sonido cuyas ondas rebasaban con mucho el rango de decibeles permitidos por las autoridades de salud, de modo que cada palabra pronunciada y cualquier ruido emitido por el monstruoso altavoz del cine alcanzaba a las personas que estuviesen a menos de doscientos metros a la redonda de la sala cinematográfica. Quienes salían a sentarse en las banquetas de sus casas podían escuchar con claridad los diálogos de las películas y mejor aún las piezas musicales que se trasmitían a mayor volumen de sonido antes y durante el intermedio de la función.

Eso no mermaba la alegría de los transeúntes que acudían a la función nocturna, sino que los estimulaba para saludar a grandes voces a los vecinos que permanecían sentados en las banquetas. Era también el corto período de tiempo para los noviazgos formales, quiénes abandonaban la función antes de que terminara, al escucharse el poderoso sonido de la Maestranza que señalaba el final del segundo turno a las diez de la noche en punto. Ahí se terminaba el breve jolgorio de los vecinos de los barrios pobres, cuyos familiares de la clase trabajadora obrera tenían que estar de pie antes de las 6 de la mañana.

En las décadas de los cincuentas y sesentas no existía en Monterrey ninguna institución pública de cultura artística y sólo se expresaba la visión de unos cuantos aspirantes a las artes tradicionales del mundo Occidental – principalmente de Francia – en algunos teatros, bares y burdeles donde se congregaban los escasos intelectuales y artistas de esa patética etapa del inicio de la vida cultural de Monterrey. Existían también, para el deleite personal de un rico empresario regiomontano, una serie de funciones de ópera en un teatro local que él rentaba en el otoño invitando a sus amistades y a sus funcionarios favoritos. Debido a que la gran mayoría de quiénes habían nacido dentro de las clases altas regiomontanas habían cursado sus estudios en universidades norteamericanas se les había inculcado el desprecio a todo lo que tuviese su origen en el territorio mexicano, ya que la mayoría de los catedráticos de sus universidades desconocían por completo a la nación mexicana que aunada a un alto grado de discriminación pigmentaria, les inducía a creer que sus mezclas étnicas procedían de razas indígenas sin capacidad cerebral para entender la racionalidad científica, la disciplina filosófica o cualquier forma de expresión artística.

Pero no solo las altas clases regiomontanas habían adquirido el desprecio hacia los indígenas y los mestizos mexicanos, sino que los aparatos de transmisión del poder de aquella época, como el cine, la radio, el teatro, la masonería y las liturgias cristianas fueron modelando el carácter de todos los regiomontanos hasta convertirlos en unos absolutos esclavos y admiradores de la cultura norteamericana aún cuando en esa época era nula, ya que habían echado fuera de su País a franceses e ingleses que aún conservaban elementos culturales de Europa y sus pruritos culturales se concretaban a crear museos y salas de arte donde se exhibían las obras compradas a los grandes artistas de Europa cuyos altos precios no eran alcanzados por los coleccionistas europeos que estaban en plena bancarrota después de la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, la cultura artística que pretenden tener los norteamericanos y que ha sido heredada por las clases altas regiomontanas y la mayoría de sus subordinados nunca ha tenido un origen nacional, sino que ha sido el resultado de la emigración de grandes artistas europeos de todas las ramas del arte y el recurso de la falsa filantropía en los ricos coleccionistas que buscan la evasión de impuestos con supuestas contribuciones a instituciones que promueven a los artistas y al arte en general. No fueron de origen norteamericano los grandes literatos del ‘deep south’, ni los grandes maestros del ‘expresionismo abstracto’ y tampoco lo son los estridentes artistas del ‘pop art’. Quizá la única muestra auténtica del arte norteamericano es el cine de Hollywood, que a pesar de haber nacido en las mentes de emigrantes judíos, su esencia y su visión del mundo ha sido la de hacer una apología de la familia norteamericana desde que el presidente Roosevelt generó la clase media más numerosa del Planeta y se hizo creer al mundo Occidental que fueron esos principios ‘laicos’ los que convirtieron a los Estados Unidos en la nación más poderosa del mundo.

Aunque el propósito toral de Hollywood de expresar la grandeza de miras y la supuesta moralidad del pueblo norteamericano permanece sin cambio hasta el presente, eso no evitó que algunas películas y documentales alcanzaran aleatoriamente un excelente nivel de expresión artística en las diferentes ramas que constituyen la producción cinematográfica, al grado de que aún cuando la tecnología del cine fue desplazada en los sesentas por el medio televisivo y ahora por el digital, la esencia de su mecanismo para la trasmisión del poder permanece intacta, si acaso simbiotizada con las tecnologías más modernas creando los nuevos grandes escenarios digitalizados que dictan la verdad del Imperio desde el mundo del espectáculo.

Eso mismo sucedió en el pequeño mundo de Adrián, cuando excitado por la aparición de una sala cinematográfica a unos cuantos metros de su casa, descubrió mediante la visión reiterativa de películas de Hollywood que el mundo de los ‘machos’, de las mujeres sumisas y de las creencias religiosas del cine mexicano de esa época había sido totalmente destruido por los valientes soldados norteamericanos que salvaron a Europa de los nazis, las bellas niñas rubias que bailaban ritmos creados por los negros con faldas cortas y calcetas y los osados vaqueros de sangre sajona que aniquilaron y echaron de sus tierras natales a los aborígenes de Norteamérica que no aceptaban su mitología maniquea de ser los hijos predilectos de un Dios paranoico que no tolera a quiénes tienen distinto color de piel a la suya.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)