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Filosofía de la Ciencia

Desde los inicios de la filosofía moderna, cuando Descartes incorporó la Epistemología al pensamiento filosófico, ya señalaba el imperativo axiológico que correspondía a la creación científica. En el capítulo sexto de su ‘Discurso del Método’ escribía: ‘Estas nociones (de la física) me han enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida y que en lugar de la filosofía especulativa, enseñada en las escuelas, es posible encontrar una filosofía práctica, por medio de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros y de los demás cuerpos que nos rodean, de la misma forma como conocemos los distintos oficios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharlas del mismo modo, en todos los usos a los que sean propias y de esta forma hacernos como dueños y señores de la naturaleza’

Descartes fue tan optimista como Bacon frente al desarrollo científico, ya que fue el primero en creer en la utopía tecnológica de la modernidad, al considerar que la tecnología ayudaría a vivir mejor y a ser más felices controlando racionalmente la naturaleza y las pasiones, pero como en su época el desarrollo científico era muy escaso, consideraba crear una moral provisional en espera de un mayor desarrollo de las ciencias y las artes. Posteriores a Descartes han habido varios proyectos para fundamentar la ética en la ciencia, no tanto en una ciencia puramente teórica, sino en una ciencia experimental, capaz de tener eficacia mediante su aplicación en la transformación del mundo.

Casi en su totalidad, los filósofos que se consideran inscritos en la tradición empirista, como Locke y Hume y luego en Kant, así como los neokantianos redujeron la racionalidad de la ciencia a una racionalidad pura, separando la ciencia de la axiología. Estos conceptos han permanecido sin cambio en sociólogos como Max Weber, para quiénes la finalidad de la ciencia, natural o social, es expresar la verdad describiendo y explicando los fenómenos de la mejor forma posible. Según Weber sólo se posee conocimiento científico cuando se logran explicaciones causales, pero los hechos señalan que las supuestas etiologías muchas veces son visiones fragmentadas y parciales de la realidad que conducen a un retroceso reiterativo que puede llegar al infinito.

Aparece entonces la visión de Karl Popper en 1937, al analizar y tratar de darle sentido a la triada de Hegel de tesis, antítesis y síntesis, proponiendo el método de ‘ensayo y error’ , que no solamente podría aplicarse a la ciencia empírica, sino a todos los ámbitos de las actividades humanas, por lo que ya en su gran tesis de ‘La sociedad abierta y sus enemigos’ descubre con claridad los rasgos fundamentales del ‘racionalismo crítico´en el que se encuentra el principio de falibilidad del conocimiento humano, de que toda teoría puede ser falsa, junto con una concepción de la racionalidad como apertura a la ‘crítica intersubjetiva´ en la que se ve a los demás sujetos como portadores potenciales de la racionalidad.

La comunicación del conocimiento científico, al igual que su crítica son condiciones indispensables para lograr la intersubjetividad, una nueva tesis que ya no se relaciona con la metodología y la epistemología, sino con la axiología. Este concepto de Popper conduce a vincular la actividad científica con las normas políticas e institucionales de una sociedad específica en donde se desarrolle la ciencia. Decía Popper: ‘en último término, el progreso depende en gran medida de factores políticos, es decir, de instituciones políticas que salvaguarden la libertad de pensamiento’

Esta axiología popperiana de la ciencia muestra nuevos valores que pudieran considerarse básicos en el desarrollo de la actividad científica, como la libertad de pensamiento y la libertad de crítica, sin concluir que democracia y libertad sean condiciones indispensables para lograr el desarrollo científico. Aunque no se puede negar que la ciencia ha florecido con mayor fuerza en las regiones más libres y democráticas, pero no puede pretenderse una actividad científica totalmente desregulada y sin posibilidad de ser criticada.

Ya avanzado el siglo 20, con el enorme desarrollo de la tecnología, algunos pensadores creyeron que era el momento de realizar el proyecto de Descartes, señalando que la ética debía basarse en la racionalidad científico-tecnológica y convertirse en ‘tecnoética´, que como la ciencia, pudiese describir y explicar los actos humanos, predecir y aplicar esas hipótesis para controlar y dominar a la naturaleza humana y a la sociedad. Se intentaba crear una ‘ética científica’ que fuera la ciencia de la conducta deseable, utilizando el método científico y los conocimientos de la ciencia acerca del individuo y de la sociedad.

En el presente no hay quién dude que la comprensión de la mayoría de los problemas de la sociedad actual, como la violencia, la drogadicción, la proliferación de la delincuencia y todas las actividades ilegales que ha generado la economía criminal exigen conocimientos científicos muy profundos en las neurociencias, la genómica, la biología molecular, la memética y la infinidad de nuevas ciencias que han demostrado el origen fisiológico de las emociones y la forma caótica del desarrollo histórico de la civilización humana. Desafortunadamente, por más que ha avanzado la ciencia, gran parte de la sociedad actual supone que el antropocentrismo cartesiano sigue siendo la base del desarrollo de la humanidad, aunque tras los hallazgos de las nuevas ciencias, esta situación tendrá que cambiar y aceptar la porción física del ser humano que lo pone al mismo nivel de todos los demás objetos que existen en la Tierra y aún en el Universo.

No obstante, a partir de las últimas décadas del siglo 20, los grandes científicos de la tercera cultura han ido comprobando que existe una explicación fisiológica de la conducta moral del ser humano. Dice E.O. Wilson que existen reglas ‘epigénicas´que nos llevan a actuar de una manera egoísta o altruista, reduciendo la explicación de la conducta a un factor ‘genético’ y en ocasiones ‘memético’, o sea que está modificado por los ‘memes’ de su cultura social de una o varias generaciones