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Evocación de Andrés huerta

CÉSAR ISSASI

Yo tenía un amigo, que era cierto como amigo, como compañero, y escribía poemas, él, que no terminó la primaria porque el hambre le andaba comiendo algo por allí en el estómago, se dedicó a buscar un trabajo donde mirase al sol las mañanas y los atardeceres; él, que vivía rodeado de cerros, lomas y montañas que aún están allí, pero ya no está el amigo mío que se llamaba Andrés, porque mientras pisó tierra y caminaba entre el celeste azul del cielo, éste, él, seguía escribiendo poemas de vanguardia al amor, a las luchas sociales, al hambre en África, el despertar de los jóvenes en un país lejano como Vietnam. Él, un día me llamó y acordamos que pasaría puntual a las cinco de la tarde para ir de compras ¿saben qué? libros de poesía. Esa vez compramos -yo literatura-, él, dos poetas contemporáneos, abatidos por las balas de fusilamiento por la “merde” así le dicen en francés “a la mierda” como lo fue, lo sigue siendo y lo será hasta el fin de los siglos el generalísimo Franco, quien abatió a Miguel Hernández “El cara de papa” y el galardonado muerto antes de tiempo: Federico García Lorca.

El hecho de no haber terminado la primera enseñanza no lo convertía por afinidad con la naturaleza ser rústico. Pues veamos, fuimos al café y de allí de regreso a nuestras respectivas casas. En el pasaje cafetalero, Andrés Huerta que así se llamaba el poeta, agarró el libro de Federico y rompió el cartón que lo protegía, el papel fino en que venía envuelto, y donde lo abrió, leyó varios poemas; su voz llenaba el salón. “Para que se cultiven estos ignorantes” me dijo por lo bajo. ¿Tú que compraste? Faulkner, le contesté, préstamelo, me dijo: está bien pero si les haces un rasguño, aquí mismo te mueres, advertencia mayor, mejor desistió de tan siquiera verlo, nos despedimos, lo ví perderse entre las luces de la calle y la oscuridad de las 6 de la tarde, pues era invierno.

Sentado en un viejo sillón mullido, suave como las plumas, tumbado cómodamente, tomé el libro del escritor universal, lo visualicé detenidamente y abrí la caja que lo cubría, le saqué el papel delgado, fino, lo olí !Ah, qué delicada la tinta de imprenta!, las páginas de papel biblia, las letras impresas tan armoniosas con lo escrito, y lo empecé a leer hasta dar fin a una novelita corta, y así pasan los años; el poeta escribió más libros y desvirginó algunos a plena calle, en plena luz solar, a su muy gusto.

Yo he tenido más constancia en esta vida, he vivido para conocer Internet y usarlo, qué maravilla de novedad, a pesar de que me ha quitado muchas cosas que eran mías y de mi generación: la caligrafía, el correo, las cartas, los telegramas, ahora Requesquiat in Pace como la estilográfica y la letra cursiva.

La computadora nos abre un panorama de posibilidades infinitas, aunque no vamos a oler plástico o metal de que está hecha.

Pero seguimos varios millones de lectores comprando libros, nos contamos también con millones de usuarios de la red. Dichosa sea nuestra vida que supimos apreciar el libro, las librerías y el Internet que nos cautivó con la computadora personal.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el auto