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El elector irracional

Por lo general, el votante de cualquier parte del mundo busca su beneficio personal y luego el de su grupo más cercano. De forma errónea, la lógica de la conducta económica ha considerado a través de la historia que la búsqueda del beneficio personal redundará en el beneficio colectivo de la sociedad. Decía Adam Smith en La Riqueza de las Naciones: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero la que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ellos ponen para su propio beneficio. No nos dirigimos a su altruismo, sino a su propio interés y jamás les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas”.

No obstante lo dicho por Adam Smith, la búsqueda del beneficio individual o sectorial es generalmente en perjuicio de la sociedad en su conjunto. Un elector casi nunca vota pensando en buscar un mejor beneficio para la sociedad, sino pensando en obtener el mayor beneficio individual que sea posible. En función de ese mecanismo egoísta, común en la mayoría de los electores de todas la regiones del mundo, es indispensable introducir un elemento moderador de ese egoísmo en los presentes y futuros procesos electorales.

LOS MODELOS DE VOTO RACIONAL.- En la década de los setenta, el voto era considerado como una toma de decisión del votante que no estaba sustentada por su pertenencia a determinados grupos sociales o por experiencias previas. En este modelo se consideraba que la posibilidad de elegir, la información, la incertidumbre, y la interacción del voto con los demás y con el gobierno eran los factores que más influían en la decisión final del votante. Por lo que la comunicación y la información de los medios y de los candidatos durante la campaña eran los elementos más relevantes.

Este modelo utiliza las teorías de la Elección Social que provienen de la Economía para explicar la forma en que los candidatos, partidos y votantes toman sus decisiones políticas (Riker y Odershook, 1973) suponiendo que la vida política era un mercando donde se puede elegir el producto que más le interesa al consumidor. Esta tesis plantea que los actores políticos tienen un comportamiento racional orientado a maximizar sus objetivos personales.

Esta hipótesis está basada en la teoría económica de Anthony Downs (1957) en la que sostenía que el votante calcula costos y beneficios, procurando siempre que éstos superen a los costos. Por eso siempre existe un gran sector de electores que se abstienen de votar, ya que consideran que los costos de asistir al proceso de votación son más altos que los beneficios que obtendrían.

Sobre este voto racional existen otras teorías, como la de V.O. Key (The Responsible Electorate 1966) donde se analiza un período electoral en Estados Unidos ( 1936 – 1960) y se concluye que la decisión del electorado había sido el resultado de una revisión selectiva de las opciones y perspectivas que se les presentaron durante las elección y que dependían de las posiciones que tomaba cada partido y de las que habían sido convenientes para ellos.

Otra perspectiva del voto racional es la del voto retrospectivo (Fiorena 1981), según la cuál los votantes interpretan las elecciones como un referéndum sobre quién ocupa el poder y con su voto juzgan la labor del gobierno. Si los electores piensan que su gestión ha sido positiva, la premian con el voto y si la consideran negativa votan por su opositor.

La visión más reciente del votante racional es la de Samuel L. Popkin (The reasoning voter, 1994) quién señala que el votante es un consumidor informado que escoge entre diferentes servicios, comparando las alternativas que tiene en cada elección. Esto significa que los electores reciben estos beneficios por el simple hecho de votar, al margen de las consecuencias de su acción. De esta forma el voto se convierte en un acto de consumo en lugar de una inversión de mediano o largo plazo.

En todos los modelos mencionados el votante actúa en forma racional porque su decisión es el resultado de varios análisis, aunque eso no evita que existan variables emocionales. Por eso, todas estas hipótesis afirman que todo se racionaliza, guste o no guste al elector y de ahí surge la decisión del voto. En la actualidad la nuevas ciencias han demostrado que las abstracciones ideológicas que se consideraban como un factor racional ejercen mayor influencia en el voto cuando están vinculados con los afectos.

Finalmente, considerando la mínima importancia que significa el voto individual en el contexto de la acción política, los analistas electorales consideran que la mayoría de los electores racionales lo hacen para cumplir con un deber cívico. De esta forma se demuestra que es un componente no racional el que determina que el ciudadano ejerza su voto.

EL VOTO DEL HOMO VIDENS.- Todas estas teorías del voto racional se han puesto en entredicho desde que la televisión y la hipermedia se apoderaron por completo de los procesos electorales de todo el mundo. Al sustituir con imágenes y slogans las palabras orales y escritos de las tradicionales campañas políticas, el votante sigue considerando que su decisión de voto es racional, pero no puede comprender que se ha aniquilado su capacidad de análisis, por lo que su voto ya no es racional, sino que está totalmente determinado por el efecto devastador de las imágenes de campañas que nunca señalan los planes y propuestas de los candidatos, sino que se concretan a elogiar algunos aspectos de la vida y carácter del candidato que consideran atractivos.

El surgimiento del ‘homo videns’ en las últimas décadas del siglo 20 ha convertido a los procesos electorales en una actividad totalmente irracional que es controlada por los poderes fácticos que poseen y controlan el medio televisivo y la hipermedia.

CONCLUSIONES.- Mientras la sociedad humana no encuentre un método de elección de sus gobernantes mejor que el actual proceso supuestamente democrático, todas las sociedades deben apartar totalmente al medio televisivo de los procesos electorales por la vía de la normatividad constitucional. Esta situación cobra en México una dimensión colosal, ya que es la que más se acerca a una dictadura de un pequeño grupo de multimillonarios que controlan al intocable duopolio televisivo.