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Newton en la Universidad

Además de la recién creada Facultad de Filosofía y Letras, donde aún predominaba el método cartesiano para la enseñanza de la disciplina filosófica, Adrián había ingresado a la Facultad de Ciencias Químicas, donde todos los estudios científicos estaban fundamentados en el paradigma newtoniano de un mundo en equilibrio permanente y el principio de los sistemas químicos en equilibrio de Le Chatelier que consideraba que ante cualquier cambio externo que ocurra en un sistema químico en equilibrio, éste se desplazará de inmediato para contrarrestar el cambio impuesto y regresar al equilibrio.

Debido a que la física en ese tiempo había realizado un progreso asombroso y gozaba de una gran reputación entre las demás ciencias; con la aplicación precisa de las matemáticas, su eficacia en la resolución de problemas prácticos y el éxito con que se había aplicado a diversos aspectos de la vida cotidiana pronto se convirtió en una especie de ciencia paradigmática. Además de su capacidad para relacionar conceptos y descubrimientos básicos con el modelo mecanicista del universo desarrollado por la física newtoniana se convirtió en un criterio importante de legitimidad científica en campos menos desarrollados y de mayor complejidad, como la biología, la medicina, la psiquiatría, la psicología, la antropología y la sociología.

Aún cuando en el principio la aplicación de la visión mecanicista del mundo a otras ciencias produjo un impacto muy positivo, con el tiempo perdió su fuerza y desde principios del siglo 20 la física fue experimentando cambios fundamentales y radicales que han transformado la visión mecanicista del mundo y en general de todos los supuestos básicos del paradigma newtoniano – cartesiano. Con el tiempo, otras disciplinas fuera de las ciencias exactas se fueron separando cada vez más del mundo en equilibrio de Newton y de la dualidad materia – mente de Descartes.

Ya en las últimas décadas del siglo 20, el desarrollo de las ciencias neurológicas, la genómica, la memética y las ciencias evolutivas en general tomaron un derrotero extraordinario y empezaron a interpretar los fenómenos de la mente desde una perspectiva fisiológica, claramente científica, descartando cada vez más los elementos metafísicos, paranormales y divinos de todas las manifestaciones del pensamiento del ser humano. El libre albedrío, el amor, el odio, el asombro, la venganza, la violencia y todo tipo de emociones tenían un explicación fisiológica. También el arte, la libido y todas las percepciones organolépticas tenían ahora etiologías precisas que se podían comprobar en forma científica.

Aunque esta última etapa de las ciencias que no eran exactas no existió en el período de estudios universitarios de Adrián, él estaba convencido que el mundo no estaba en equilibrio y que ese paradigma antievolucionista de Newton y Descartes no podría continuar durante mucho tiempo ya que los experimentos de Einstein, Bohr, Heisenberg y otros físicos atómicos demostraban que la masa y el espacio eran relativos y que existían fluctuaciones en la energía del espacio sideral que hacían pensar que el universo tenía más de las tres dimensiones que había descubierto Newton y que la masa de cualquier partícula se podría transformar en energía bajo determinadas condiciones. No obstante, a fines de los cincuentas, el fenómeno de las fluctuaciones de la energía en el universo formaba parte de la ciencia ficción. Adrián leía un pequeño libro de James Clark Maxwell titulado el Demonio de Maxwell quién desde 1867 consideraba que ese genio malvado era el causante de este extraño fenómeno de la entropía cambiante que desafiaba una de las dos leyes fundamentales de la física newtoniana.

Al margen del evidente retraso tecnológico que existía en la Universidad de Nuevo León a fines de los años cincuentas del siglo pasado, Adrián observaba que las empresas locales preferían a los egresados del ITESM para ocupar puestos directivos y ejecutivos en los niveles altos. Además de que les ofrecían mejores salarios, los impulsaban a que obtuvieran títulos de maestrías o doctorados en universidades estadounidenses, cuyas becas eran financiadas o absorbidas por completo por los dirigentes de las grandes empresas regiomontanas de esa época. Lo que más inquietaba a Adrián era que en muchos casos la formación académica universitaria era superior a la del ITESM, pero había una tendencia marcada a beneficiar a los egresados de la institución privada, a quiénes podían comunicarse en inglés y a quiénes tenían la piel blanca.

Aunque Adrián había tenido un récord académico muy bueno, era de piel blanca y poseía un conocimiento del idioma inglés por encima del promedio de los aspirantes a profesionistas, su ingreso a una de las más importantes empresas regiomontanas de esa época fue rechazado, sin que pudiese conocer el motivo, sino 10 años después, cuando el azar le permitió hacer amistad con un miembro de la familia propietaria de la empresa, quién le explico que los registros del departamento de personal mostraban que Adrián había sido un activo líder de la Universidad y su apellido paterno coincidía con la de un odiado líder sindical de la izquierda que operaba en la única planta siderúrgica de Monterrey en esa época. Y desde aquel entonces, y hasta ahora, los trabajadores de esas empresas de los más poderosos empresarios regiomontanos sólo aceptaban a quiénes estaban adheridos a sus sindicatos privados que ellos mismos organizaban y financiaban. Creando en contrapartida un sistema de seguridad social y de servicios para sus trabajadores que superaba con mucho al que ofrecía el Estado.

Ese trato especial hacia los trabajadores de los grandes grupos industriales regiomontanos, combinados con la labor egoísta y perversa de los líderes sindicales independientes crearon una conciencia colectiva en la mayoría de los regiomontanos que les llevaba a pensar que eran superiores al resto de los mexicanos. Una especie de exagerado amor por sí mismos que los conducía a un chauvinismo retrógrado, ya que en los campos de las humanidades y de las artes, Monterrey se conservaba muy rezagado con relación a otras ciudades más pequeñas y menos exitosas desde el punto de vista material. Adrián admiraba y viajaba muy a menudo a otras ciudades y pueblos mexicanos que en los años sesentas y setentas estaban pletóricas de las artes de los nativos y aún mejor de los híbridos maravillosos que surgieron al desposarse las artes de los aborígenes mesoamericanos con las artes europeas.

Desde muy joven Adrián se aficionó al arte virreinal mexicano, quizá porque su formación plástica, al igual que la de todos los artistas mexicanos de esa época provenía de Europa y no lograba aún descifrar al maravilloso arte mesoamericano anterior a la Conquista. Posteriormente, cuando Adrián inició sus largos periplos por otros continentes empezó a valorar los mitosl,las artes y la arquitectura de los aborígenes mexicanos que en muchos aspectos superaban a los europeos. En los hechos y desde una visión histórica, los grandes avances del arte moderno en Europa surgieron cuando sus grandes artistas plásticos descubrieron las visiones del espacio, las representaciones de la figura humana y los colores que tenían los aborígenes de África y de los dominios franceses en la Polinesia.

Hacia fines de los años setentas, Monterrey se encontraba inmerso en un proceso apologético de los grandes industriales regiomontanos y de los criterios que se divulgaban en las grandes universidades norteamericanas. Se consideraba que los procesos de desarrollo de nuevos productos y servicios estaban destinados a crearse en los Estados Unidos, donde ya se contaba con las personas idóneas y las herramientas de investigación adecuadas. Los mexicanos que se consideraran inteligentes se concretarían a buscar la forma de obtener esas fórmulas o esas franquicias, mientras el sistema de educación tecnológica regiomontana proveería de los profesionistas y técnicos para explotar esos desarrollos científicos y tecnológicos que sólo los geniales vecinos del norte eran capaces de generar.

Esta especie de época de oro de los industriales regiomontanos coincidió con la pérdida de la autonomía del Gobierno mexicano, ya que feneció el breve período de independencia política que había iniciado en 1934 cuando Lázaro Cárdenas aprovechó el período de libertad política que se había pactado en 1926 en el tratado Calles-Morrow, cuando Estados Unidos no podía resolver sus problemas internos y no logró superarlos sino hasta los tiempos de la Guerra Fría en los setentas. Fué entonces, qcuando en sociedad con el del Reino Unido decidió implementar el famoso modelo neo liberalista que en realidad era una fórmula hipócrita de mantener a su servicio a las naciones que dominaban desde mediados del siglo 19.

Al incrementar sus viajes a través de México y sus visitas a países latinoamericanos, Adrián comprendía que la ciudad donde había nacido había sido la principal puerta de entrada a su país y a otras naciones latinoamericanas de la absurda mitología y la hipócrita forma de vida de los estadounidenses, creando un hiato humanístico, artístico y científico que les retrasaría muchos años de las naciones desarrolladas. Por fortuna, la geografía y el lenguaje morigeraban esa aberrante cultura evitando que permeara con la misma intensidad que en México hasta los países más lejanos del Cono Sur.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)