El Arte Bizantino (II)

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Los artistas bizantinos encontraron en los mosaicos cerámicos una nueva forma de plasmar la imagen. Aunque fue una herencia de los romanos, los bizantinos la perfeccionaron y lograron ocultar la pobreza de los materiales resaltando la imagen con el uso de colores más intensos, además de tener mayor duración que era considerada como un símbolo de su permanencia en el tiempo. Crearon grandes escenas religiosas de corte imperial donde se destacaba el carácter ‘semidivino’ del emperador a través de las denominadas ‘teselas’ de mármol que se iban pegando a una base del muro donde previamente se habían dibujado las figuras que se querían representar. Aunque eran de pequeños formatos tenían una gran diversidad de colores y matices que les daban efectos propios de la pintura. Además se alternaban con otras figuras realizadas en barro cocido vidriado, al que se añadían pequeños mosaicos dorados que producían la sensación de estar en un lugar celestial.

Se decoraban en especial los muros o paredes, llenando todo el espacio sin dejar un lugar vacío, que expresaba claramente la influencia del oriente medio, donde se tenía ‘horror al vacío’. Esto también se utilizaba en las calles, aunque con una técnica más precaria. El tema que reinaba era el religioso, destacando pasajes de la vida de Cristo y de la Virgen como en el Juicio Final y el premio a los hombres de buena voluntad con un simbolismo religioso similar al de los mosaicos, donde aparecía el emperador acompañado por su esposa y su séquito imperial.

De esta forma los mosaicos destacaron la jerarquización de la Iglesia y de la Corte, donde los personajes más destacados como el emperador se realizaba de mayor tamaño en ambos lados, acompañado por el obispo, la corte y otros personajes de menor rango. De modo que se generaba una simetría axial, con el emperador en el centro, como símbolo de poder y riqueza y a los costados se lograba un aparente equilibrio entre las figuras de igual tamaño, sus rostros estereotipados y muy parecidos entre ellos, con los ojos grandes dando importancia al espíritu y no a las características individuales.

El diseño de los ropajes eran en su mayoría túnicas con líneas casi rectas, diferenciando al emperador con mantos largos que pendían de sus hombros y llegaban hasta sus pies. Las telas eran muy elegantes con piedras semipreciosas e incrustaciones en oro que eran símbolos de poder y riqueza. El espacio no se destaca, ya que solo importan los personajes y lo que éstos significaban para el resto de la sociedad. Si acaso se añadían tipografías con los nombres de algunos de ellos.

Los artistas bizantinos trataron de transmitir inquietudes y enigmas sobre el ser superior todopoderoso mediante grandes ojos que estaban mirando al cielo en lo alto. Así pretendían materializar algo tan abstracto como el espíritu, el alma y la miseria humana. Enigmas metafísicos que se siguen cuestionando hasta los días presentes. De modo que trataron de dar una respuesta a través de diferentes medios plásticos, como la escultura y los mosaicos sobre todo por medio de la pintura. Donde observaron que a través de los años, los hombres dejaban una mancha de color rojo en su cuerpo que era muy difícil de borrar.

De tal forma que las paredes de los templos bizantinos trataron de expresar ese deseo metafísico a la vez que superar el aspecto de la bidimensión en la plástica. Por lo que las figuras ya no están solas sino inmersas y rodeadas de otros elementos que tratan de aproximarse a la idea del espacio ampliando las fronteras conocidas de lo alto y lo ancho para acercarse al tercer elemento de la ‘tridimensión’ Al igual que otros pueblos más antiguos como los egipcios, los griegos y los romanos, los bizantinos quedaron maravillados ante ese descubrimiento.

Por lo que las figuras humanas mantenían su mirada en los rostros y no tanto en el resto del cuerpo, ocultando el volumen de la figura humana por todo el período bizantino. De modo que el modelo bizantino para lograr las proporciones ideales de la figura humana tiende a ser alargada e inexpresiva, con colores que van de los cálidos a los fríos, como del rojo y el amarillo hasta el verde, el azul y el violeta.

El simbolismo bizantino manejó una amplia variedad de símbolos clásicos y paleocristianos donde sus temas representan a Cristo, a María, a los ángeles y a los santos junto a sus vidas y fiestas importantes conservando su rigidez y su actitud inmutable en los gestos de sus rostros. Después de la etapa iconoclasta se produjo una gran emigración de artistas que se establecieron en Italia para revolucionar el arte cristiano y así pudieron reproducir y restaurar los antiguos iconos para alcanzar un estilo mucho menos hierático.

La pintura también se expresó en libros y desde la época del paleocristiano aparecieron ilustraciones del Antiguo y Nuevo Testamento que contaban con detalles los hechos ahí narrados. Los iconos en cuadros sobre tabla representaron temas alegóricos junto a los murales creados para decorar las cúpulas y las bóvedas con temas de la Resurrección, el Juicio Final, la Gloria y otros más. En las iglesias la decoración mural sitúa a las figuras en diferentes lugares según su importancia. Los ojos como esferas representan que solo algunos podían mirar de frente, como el caso del emperador y la emperatriz, no permitiendo al resto de la corte mirar a los ojos del espectador ya que sólo a él se atribuía el poder exclusivo de los elegidos.

Adenda: Una vez diseminados los artistas bizantinos por Occidente se empezó a difundir su arte en el resto del mundo cristiano. Y muy en especial en la corte de Carlo Magno. La dinastía carolingia toma su nombre de Carlos Martel, quién con su victoria sobre los musulmanes en la batalla de Poitiers logró tal prestigio que su hijo, Pipino el Breve se convirtió en rey de los francos.

Después de los siglos VI, VII y parte del VIII donde predominó el arte bárbaro, surgió un gran cambio cultural, denominado Renacimiento Carolingio que merece todo un capítulo en la historia del arte medieval.