Fin de la Democracia Liberal

democracoa

Es un hecho visible que se está acabando la época cuando la democracia era compatible con el capitalismo y la sociedad occidental ha entrado a la etapa del capitalismo pos democrático. Asimismo, el mundo entero está ante la presencia de un mecanismo perfecto de retroalimentación entre la generación de desigualdades crecientes y la destrucción de la democracia. Conforme hay menos democracia crece la desigualdad y se generan mayores limitaciones en su ejercicio.

Ahora mismo subsisten dos condiciones básicas que hicieron posible el contrato social de la democracia en los principales países del sistema capitalista. Por una parte el contrato social de la social democracia en los países centrales del sistema capitalista basado en economías de abundancia con expectativas de crecimiento continuo en el futuro: en primer lugar la actividad económica de los principales países en el sistema del mundo colonial-imperial capitalista y en segundo lugar el uso de la energía básica procedente de combustibles fósiles.

Este sistema conformó un patrón de acumulación global de riquezas basado en la explotación global de la naturaleza y del trabajo humano. Cuya principal característica es el hecho de que una elevada proporción de los beneficios extraídos del planeta y de las diversas formas de trabajo humano fueron concentrados en los territorios de los países que estaban ubicados en el centro de este nuevo modelo político y económico de convivencia humana. Esto hizo posible una acumulación extraordinaria de riqueza material en ciertos países y que se lograsen niveles de bienestar material que fueron distribuidos en forma desigual en ciertos sectores urbanos del nuevo sistema colonial capitalista.

Primero fue la explotación masiva de combustibles fósiles, luego del carbón, petróleo y gas los que hicieron posible el fuerte avance productivo y tecnológico de la Revolución Industrial y el incremento de la producción y de la población urbana en una proporción sin precedentes históricos. La energía que había sido acumulada en el subsuelo durante millones de años se convirtió en una fuente energética muy barata y eficiente, de fácil transportación y de una abundancia que parecía ilimitada.

Esta fuente energética fue la que alimentó a la maquinaria productiva del capitalismo durante dos siglos, creando una riqueza material que ahora caracteriza a las sociedades de Occidente. Se reafirmó con ello la idea del progreso constante y la sociedad humana se convenció de que era posible un crecimiento continuo que generaría siempre mejores condiciones de vida en cada generación, permitiendo un mayor equilibrio entre las diferentes clases sociales.

A estos elementos que proporcionaron las bases del sistema capitalista y al suministro fácil de energía se añadió otro componente en la Segunda Guerra que fue el surgimiento del campo socialista y de la lucha por el dominio en un mundo bipolar, convirtiendo el tema de la hegemonía global y de la lucha por la legitimidad de las sociedades liberales en una preocupación central de todas las naciones de Occidente.

Todo desembocó entonces en el contrato del capitalismo central o keynesianismo. Por lo que la abundancia material sumada a las exigencias políticas del mundo bipolar hicieron posible que las luchas prolongadas de los trabajadores de las clases populares en busca de mejores condiciones de vida y de una ampliación de la democracia lograran muchos avances durante las primeras décadas de la segunda posguerra, particularmente en las naciones del Norte y del Occidente de Europa, logrando la democracia liberal su momento de máximo desarrollo en la historia.

En ese contrato social el Estado moderno desempeñó un papel central como regulador y redistribuidor, pero a partir de la década de los setentas en el siglo 20 hubo tendencias hacia la reducción de la tasa de ganancias del capital, hacia la ampliación de la lógica democrática y de los derechos, además de las transformaciones culturales de la naciente contracultura que condujeron al inicio de una contraofensiva sistemática de los sectores neoliberales y neoconservadores que veían en esos ‘excesos’ de la democracia una severa amenaza al sistema capitalista.

Entre los elementos más conocidos de esta contraofensiva de los conservadores están el informe ‘De la Crisis de la Democracia de la Comisión Trilateral’ y ‘Las Contradicciones Culturales del Capitalismo’ de Daniel Bell y los gobiernos de Thatcher y Reagan. Mientras que en Latinoamérica el inicio de esa contrarrevolución fue el derrocamiento en Chile del gobierno de Salvador Allende en septiembre de 1973.

Dos décadas después, con la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS, tanto neoliberales como neoconservadores celebraban su victoria definitiva. Según ellos era el fin de las opciones políticas e ideológicas respecto al futuro de la humanidad. La paradoja era que justo en el momento que se celebraba la victoria del ‘mundo libre’ y de la democracia liberal, las condiciones que habían hecho posible la democracia liberal en Occidente estaban llegando a su fin. En realidad no era el triunfo definitivo de la democracia liberal sino un triunfo temporal y momentáneo del capitalismo.

Hoy se puede considerar que la democracia liberal fue posible solo en un corto momento histórico de la sociedad capitalista y para una pequeña minoría, ya que estaba basada en la apropiación desigual de una abundancia en expansión que no reconocía los límites del planeta. Ya en las últimas décadas existen dos fuertes tendencias en los centros capitalistas y en particular en los Estados Unidos y en la Unión Europea que son el aumento creciente de las desigualdades y la disminución de los ámbitos de la democracia.

Ahora mismo, los sistemas políticos de las democracias liberales, sus Estados y sus partidos políticos están siendo controlados, cada vez más, por el capital financiero. Con ello se está generando un fenómeno de divorcio entre el capitalismo y la democracia. La gran desigualdad actual en la distribución de la riqueza no tiene precedentes en la historia de la humanidad y es notoria su concentración en manos de una oligarquía global.

De acuerdo a los cálculos del grupo financiero Credit Suisse, la mitad más pobre de la población mundial adulta posee solo el 1% de la riqueza global. Un total de 3051 millones de adultos que representan 67.6% de la población mundial adulta es dueña de solo el 3.3% de la riqueza global. Mientras que el 10% más rico es dueño del 84% de la riqueza global.

Adenda: Otro de los factores que ha acelerado la decadencia del sistema capitalista neoliberal de Occidente fue lo acontecido en 1971, cuando Richard Nixon rompió el compromiso de Breton Woods de apoyar a los billetes de dólares americanos con oro a razón de 35 dólares la onza. Sin el respaldo del oro las monedas nacionales se convirtieron en mercancía, creció la especulación y la usurpación de la riqueza real de las naciones. Se deterioró la capacidad productiva y se volvieron mucho más ricos los de la élite que había planeado la privatización del Banco Central desde 1913. A partir de entonces las reservas de oro de las bancas centrales crecieron en un 12%, mientras que los billetes aumentaron en un 20,000 %, produciendo una inmensa cantidad de billetes verdes sin respaldo que ya alcanzan una cifra de más de 7 millones de millones de dólares que llevan a Occidente a un colapso inminente.