Riqueza y Felicidad

 

 

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En un momento histórico en que la Humanidad entera coincide en el paradigma de la riqueza, al margen de sus mitos y de sus ideologías se antoja recordar y revisar los estudios del psicólogo israelita Daniel Kahneman de la Universidad Hebrea de Jerusalén, quien emigró a los Estados Unidos y siendo profesor de psicología de la Universidad de Princenton recibió el Premio Nobel de Economía en 2002. Aunque parezca extraño que a un psicólogo se le haya otorgado un Premio Nobel de Economía, lo cierto es que las teorías desarrolladas por Kahneman sobre la conducta del ser humano frente a la búsqueda de riqueza y felicidad son verdaderamente asombrosas.

 

Según Kahneman la gente que vive en la pobreza alcanza siempre niveles inferiores de bienestar subjetivo en comparación con la gente que se encuentra por encima del umbral de pobreza. Pero la relación entre riqueza y felicidad se acaba una vez que se ha superado un determinado umbral de riqueza. A principios del siglo 21 ese umbral de riqueza era de 60,000 dólares anuales en los Estados Unidos y después de ese punto, el ingreso no parece influir en la felicidad. No obstante, cuando Kahneman interrogó a los individuos acerca del conjunto de su vida, dicho umbral dejó de existir.

 

El éxito material en la vida y en los negocios produce felicidad, pero es algo que el propio dinero no puede comprar. La realización en el trabajo o la actividad del ser humano supone una fuente inagotable de bienestar que es independiente al incremento del ingreso. Por lo que Kahneman se pregunta porqué el ser humano parece concentrarse en alcanzar una mayor riqueza día con día. Y lo describió como un fenómeno ilusorio, ya que toda la gente es propensa a exagerar su importancia. Asimismo, esa tendencia concuerda con los resultados señalados por la Pirámide de Maslow, una teoría sobre la motivación humana propuesta por el psicólogo Abraham Maslow en 1943, donde se señalaba que una vez satisfechas sus necesidades básicas, la felicidad ya no procede de obtener mayores ingresos económicos, sino del desarrollo de la persona en un entorno social donde impere la justicia.

 

Kahneman también observa la frágil relación entre el dinero y la felicidad en su libro titulado ‘Kluge: la azarosa construcción de la mente humana’ (2006) donde señala que una vez alcanzada la suma de dinero para las necesidades básicas, el obtener más dinero no aumenta porcentualmente el grado de felicidad del ser humano. Aunque una ganancia repentina puede dar felicidad por muy poco tiempo y pronto el hombre se habitúa a ese nuevo ingreso en un proceso de adaptación que muy pronto se vuelve familiar.

 

Kahneman sostiene que el ser humano tiene dos vías de pensamiento: el sistema 1 que es rápido, intuitivo y emocional y el sistema 2 que es lento, esforzado y racional. El primero proporciona conclusiones de forma automática y el segundo respuestas conscientes. Aunque nunca se piensa cuál de los dos sistemas está normando la conducta humana. Estas teorías han influido mucho en la llamada ‘economía conductual’, una teoría que trata de demostrar que las finanzas no son tan predecibles como parecen. Aunque la teoría económica neoclásica sostiene que los agentes económicos actúan de forma racional en busca del máximo beneficio, los estudios conductuales han demostrado que los juicios del hombre están cognitiva, emocional y socialmente condicionados. Sin que esto sea percibido por el ser humano en la gran mayoría de los casos. Dicho de otra forma, la conducta humana está al margen de las leyes del mercado que Occidente considera universales.

 

La teoría de Kahneman es un poco pesimista respecto al control efectivo que tiene el ser humano sobre sus decisiones en materia económica o financiera. Dice que no se puede cambiar la naturaleza humana ni su forma de pensar. No obstante, la educación nos permite ser más eficaces cuando pensamos, porque contribuye a usar más el sistema racional, aunque no altera en alto grado el equilibrio entre ambos sistemas.

 

Dice Kahneman que hay aspectos en los que se observan diferencias notables en la forma de pensar entre Oriente y Occidente, sobre todo por la velocidad con la que se toman las decisiones. Los estudios realizados en los Estados Unidos revelan que a la mayoría de sus ciudadanos les impresionan los líderes que actúan con rapidez, más no es así en Asia y en el Lejano Oriente. También hay importantes diferencias en los conceptos de felicidad y de bienestar. Mientras que la alegría, la emoción y la satisfacción son más importantes en Occidente, en Oriente se aprecia más la calma.

 

Según Kahneman el ser humano tiene mucha confianza en los juicios que realiza con muy poca información. Ya que en general el occidental actúa rápido, aunque no sea consciente de lo que desconoce. Darse cuenta de ello es prácticamente imposible. Cuando alguien se está formando una idea de algo por primera vez es posible que se dé cuenta de que carece de información fidedigna pero por lo general ya no cambia su decisión. Dice Kahneman que admitir los errores siempre es desagradable. Cuando la gente cambia de opinión olvida como pensaba antes. Es muy difícil recordar la situación cuando no se conocía y empieza a recordar los eventos del pasado con la sensación de que ya sospechaba algo.

 

Para aprender a pensar despacio es necesario llamar a las cosas por su nombre – dice Kahneman – No es lo mismo mostrar datos en términos de mortalidad que en términos de sobrevivencia ya que la gente los percibe en forma diferente, debido a que las cosas no tienen un nombre único. Los políticos y los publicistas siempre utilizan el sistema emotivo y no racional, ya que generan la mejor historia de las posibles con la información de la que se dispone. Lo malo es que resulta difícil aceptar nueva información que no sea compatible con la que formó la historia contada. Los periodistas dicen con sorna: ‘no dejes que la realidad te estropee una buena historia’.

 

La gente es muy sensible a las presiones y a las consecuencias inmediatas, mientras los efectos a largo plazo son más abstractos y más difíciles de tener en cuenta. Como por ejemplo el calentamiento global. Tomar las cosas en serio implica un elemento emocional. Las emociones se evocan con mayor rapidez e intensidad por cosas inmediatas. Por lo que en las democracias la gente piensa en el corto plazo, mientras que en otros modelos políticos existen otras formas de pensar.

 

Adenda: Conforme se van acabando los mitos y las ideologías, el pensamiento científico y la tecnología se apropian de la realidad social. Aunque aún persiste el pensamiento intuitivo y emocional que controla a la mayoría de los seres humanos y los lleva casi siempre a decisiones erróneas.