Los Mitos y la Política

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Durante muchos años se ha aceptado la idea de que una época fundada en el desarrollo de la ciencia y de la técnica nada tiene que ver con los mitos. Pero en la realidad no es así y las fuerzas ‘oscuras’ que fueron expulsadas en nombre de la razón y de la ciencia vuelven con frecuencia a formar parte integral de la política. De hecho, el mundo actual está saturado de mitos y de símbolos, aunque no sean llamados por su nombre ya que por lo general solo se ven los mitos ajenos de otros pueblos y de otros tiempos.

 

En la Ciencia Política moderna el concepto de mito político surgió a principios del siglo XX, pero persiste una tendencia a ser considerado como un fenómeno patológico o anormal de las sociedades y a rechazarlo como instrumento de análisis político. No obstante, la sociología y la psicología social han demostrado la importancia de los elementos simbólicos en la formación y en la comprensión de la realidad social. Mientras la antropología cultural ha hecho del mito un tema central en el estudio de la cultura y la psicología profunda ha superado la dicotomía entre racionalismo e irracionalismo. De modo que el mito político ha surgido como un concepto analítico indispensable en el estudio de la política para reintroducir la dimensión simbólica en su esencia y en su explicación.

 

Todas las culturas modernas de Occidente son de raigambre racionalista e intentan organizar a las sociedades según la propia interpretación de sus paradigmas, por lo que su visión suele ser parcial. Ya que la función institucionalizadora no le está confiada al mito como sucedía en las sociedades tradicionales, sino que se confía solo al pensamiento racional. Por lo que nace una ruptura en la necesaria continuidad entre las motivaciones y actos conscientes y sus móviles inconscientes, de modo que el impulso racionalizador se convierte en un factor de perturbación y no en un elemento de orden, alejándose del realismo al que pretendía permanecer adherido y rechazando al mito. Pero es fundamental entender que el mito no es irreal, sino que representa otra dimensión de la realidad que no debe ser negada, sino reconocida y contextualizada.

 

Por lo que el mito político es una expresión de los conflictos internos e inconscientes de todos los grupos sociales que emergen, sobre todo, en momentos de crisis y tiene gran importancia para analizar las situaciones del conflicto que se vive desde dos perspectivas a la vez: la racional y la de la mente colectiva. En la sociología moderna se habla de la desmitificación de las grandes narraciones, de los principales elementos que las generan, de las relaciones interpersonales, de las relaciones interpersonales de sus principales actores, etc. Pero en realidad se trata de transformar los mitos sin destruirlos, ya que el mito permanecerá en la sociedad humana para siempre aunque sólo podamos reconocerlo en los demás países, más casi nunca en la nación propia.

 

Presento este análisis de la influencia de los mitos en la política moderna debido a que el mundo actual de Occidente vive, sin saberlo, o sin querer reconocerlo, dentro del mito de la democracia parlamentaria que ha durado más de doscientos años desde que fue inventada por los franceses a fines del siglo XVIII y aún no puede aceptar que dicho mito está viviendo sus últimos años de vida, ya que los cruentos daños causados por sus guerras internacionales y la retroalimentación del sistema capitalista donde se sustenta parece tocar a su fin. Hace apenas un par de décadas que se ha creado un nuevo eje financiero mundial con China a la cabeza y parece que se establecerá un nuevo sistema monetario, donde la base será una moneda virtual o el pago a través de instrumentos financieros donde desaparezca la moneda física, por lo que el sustento fundamental de la estructura económica y financiera de Occidente pronto desaparecerá.

 

No hay duda de que los soportes mitológicos de Rusia y del Islam se mantienen vivos con el soporte económico de líderes astutos y mesiánicos como son los casos de Putin y Salmán, el nuevo rey de Arabia Saudita. Solo el mito Occidental de la democracia parlamentaria parece que sobrevivirá unos años más, pero es indudable que desaparecerán tarde o temprano llevándose consigo a sus estructuras políticas, financieras y religiosas. Solo China y las naciones emergentes como la India, Brasil, el Sudeste Asiático y Australia parece que tomarán el timón de la civilización humana en los próximos años con modelos políticos híbridos y muy complejos, de los que apenas quedan residuos aislados de sus mitos nacionales o regionales.

 

Los eventos inéditos que ahora suceden con los islamitas que han emigrado a naciones de Occidente y con aquellos que están sin control en el Norte de África y en el Medio Oriente, además de los problemas regionales que está ocasionando Rusia en las naciones vecinas y en Europa son indicativos de un proceso apocalíptico de los mitos más antiguos que aún están en funciones. Ya que siempre aparecen en períodos de crisis en la vida y en el pensamiento de las sociedades. No se pueden silenciar y vuelven siempre convocados por las crisis recurrentes y las situaciones límites que afronta el ser humano.

 

De alguna forma expresa un sentimiento de límite y de tránsito de una situación a otra. Desde el punto de vista sociológico el mito es un fenómeno vinculado a procesos de cambio social. Al tomarse en cuenta en los trabajos del análisis político permite acceder al imaginario grupal y detectar, no solamente lo que se ha vivido, sino como ha sido vivida una determinada situación. Al incorporar el mito político al análisis racional de una situación específica significa aceptar una lógica de la ambigüedad y de la incertidumbre en aras de alcanzar un mayor realismo, porque el mito es un elemento integrante normal de toda situación social y política.

 

Adenda: A pesar de que la actual feria internacional de los mitos genera un cierto grado de confusión y de incertidumbre para el ser humano promedio, los eventos mundiales son cada día menos violentos y todo indica que la nueva era digital será mucho menos cruenta que la que hemos vivido desde fines del siglo XVIII.