Hacia Una Confederación Mundial


La infinidad de movimientos sociales en contra de diferentes instituciones y procedimientos del Estado actual que se desarrollan en casi todas las naciones del mundo – con México a la cabeza de dicha problemática – son indicativos de que el Estado Moderno, creado a principios del siglo XIX y que alcanzó su mayor grado de desarrollo y efectividad en el siglo XX está llegando a su etapa final. A medida que el Estado-Nación pierde su funcionalidad al ir tratando todos los problemas internos de un País en un ámbito mundial, donde existen instituciones reguladoras que aún no terminan de definirse, por lo que se impone la necesidad de crear nuevos espacios de solidaridad y de identidad entre diferentes naciones y entre diferentes fronteras.

De hecho, tales espacios existen, pero fueron reprimidos durante el transcurso de la consolidación de los Estados-naciones dejando comunidades sin identidad propia y sin capacidad para organizarse en forma autónoma. Dichos conflictos de identidad han estado resurgiendo frente a un mundo globalizado y a Estados-naciones que han sido despojados de gran parte de sus funciones. Aunque este fenómeno no afecta aún a los Estados con fuerte identidad cultural, si lo hace con los Estados pluriétnicos y con las naciones ‘artificiales’ como son los casos de los conflictos étnicos en Africa y los que fragmentaron a la Unión Soviética y a Yugoslavia.

Por lo que resulta necesaria la reivindicación de las identidades nacionales que están implícitas en la Carta de las Naciones Unidas, donde se reconoce el derecho de los pueblos a decidir por sí mismos sus problemas internos. Aunque esto significaría la desaparición de muchos Estados formados en la historia contemporánea y en particular los Estados artificiales heredados del colonialismo que se sobreponen a las comunidades y culturas en el Continente Africano y el acceso a la autonomía de todos los pueblos que aspiran a un autogobierno, incluyendo a los pueblos indígenas.

El resultado de este proceso sería el otorgamiento de un estatuto de ‘Estado autónomo’ a todos los pueblos que lo deseen, sin consideración del tamaño, la creencia o las tradiciones antiguas, donde se concede el derecho a organizarse y a administrarse de forma autónoma con todas las funciones que no sean delegadas a una ‘confederación mundial’. Sus principales funciones serían la cultura, la educación, los servicios sociales básicos, la seguridad de los ciudadanos y la administración de la justicia.

El reconocimiento de estos derechos de identidad y de autonomía, además de la promoción y garantía de la participación ciudadana quedarían en manos de la autoridad confederada. El problema principal sería el de garantizar la democracia a todos los niveles de gobierno y de administración pública. El reto fundamental no es el de inventar nuevas formas de democracia, sino crear una armonía entre las aspiraciones globales y las comunitarias, asegurar formas de participación efectiva en la vida política y proteger los derechos de las minorías a un nivel sin precedentes en la historia de la Humanidad.

Para que este proyecto de ‘confederación mundial’ sea viable y la asamblea de los pueblos no se transforme en una entidad ingobernable habría que limitar el derecho a deliberar a los Estados con real representatividad, así como dar garantías básicas a las minorías no representadas, tanto en el ámbito confederado como en el de cada Estado constituyente. Es obvio que este proyecto no es fácil y depende mucho del apoyo de las nuevas formas de comunicación desarrolladas en las últimas décadas. Ya que en el mundo actual el ciudadano aislado y limitado a su horizonte nacional carece de las condiciones que le permitirían evaluar las nuevas relaciones de fuerzas y la formulación de nuevas políticas. Solo las organizaciones globales con agendas universales pueden construir contrapesos a las naciones más poderosas y a las grandes transnacionales.

El Estado-nación actual casi no participa en los asuntos globales, ya que antes debe conciliar los intereses de la nueva oligarquía mundial y de las grandes corporaciones transnacionales, así como los movimientos y protestas de los últimos tiempos contra las políticas neoliberales que de alguna forma expresan la reacción ciudadana a la globalización y al ejercicio de dichas políticas de dominio establecidas por los Estados Unidos en los 80′s. Mientras se observa la creciente debilidad del sindicalismo internacional frente al proceso de reducción y precarización de la fuerza de trabajo. Aunque están surgiendo otros movimientos en el ámbito laboral que enfrentan los abusos contra niños y mujeres.

El desplome del socialismo real y la ofensiva del neoliberalismo han ocasionado una crisis ideológica que ha ido destruyendo la vida política y ha ocultado lo retos fundamentales del mundo actual. También ha congelado la formulación de proyectos alternativos que no sean los de la gestión de la crisis económica y financiera día a día. Pero lo más grave del presente es la confusión que ha surgido entre el mundo de los negocios, la alta administración y el mundo político creando las malversaciones, la corrupción y el abuso de mandatos públicos y de bienes sociales.

Todo se ha convertido en un rechazo creciente del ciudadano hacia la política que va desde el desinterés hasta el disgusto, provocando su alejamiento de la vida política y el abstencionismo en los procesos electorales que refuerza en contraparte las tendencias hacia el profesionalismo y la corrupción en el mundo político. Por lo que es urgente reconciliar al ciudadano común con el Estado, para poder enfrentar los grandes cambios estructurales que habrá de sufrir el Estado actual durante las primeras décadas del tercer milenio.

Adenda: El proyecto de crear una ‘confederación mundial’ de estados-naciones que incluya a todas las etnias, a todas las culturas colectivas y a todas las visiones del mundo es por ahora algo remoto, ya que existen dos grandes ejes geopolíticos mundiales algo distanciados: el de China, la India, Rusia y Alemania en el Continente Euroasiático y el decadente imperio de Occidente con Norteamérica y Europa que tarde o temprano tendrán que conciliar sus diferencias, ya que el Planeta Tierra no podría soportar una guerra de grandes dimensiones.