De París a Praga

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Acabo de tener la vivencia personal de unos días maravillosos en París, a un año y medio de mi última visita en mayo del 2012, cuando el supuesto partido socialista ganó las elecciones presidenciales. Aunque la reacción inicial fue de gran apoyo popular ante el gobierno de Hollande, a sólo un año y medio de distancia se ha vuelto negativa y predomina la idea de que el actual Presidente de Francia está totalmente controlado por el Imperio norteamericano y por la banca central de Alemania a través de la Sra. Merkel.

Pero el hecho fundamental es que su economía continúa creciendo gracias a la astucia de Hollande, quien ha implementado un sistema de captación del turismo adinerado de las naciones árabes y de los chinos que le ha permitido incrementar sus ingresos fiscales de manera contundente y ha convertido a Francia en el país del mundo con mayor afluencia turística con más de 75 millones de turistas al año y a la ciudad de París en la número uno del mundo con casi 50 millones de visitantes de altos ingresos por año.

No hay duda de que los enormes ingresos por el turismo de la ciudad de París, han resuelto, casi por completo, sus déficits fiscales y la están convirtiendo en la ciudad del mundo con menor deuda pública de toda Europa y quizá del mundo entero. Pero lo que no se asimila a primera vista es el mecanismo gubernamental para lograrlo. Solo se advierte cuando se analizan los principales cambios realizados en la bella ciudad durante el último año. En primerísimo lugar parece que se ha reforzado el sistema policial y judicial de seguridad pública que permite al paseante transitar tranquilo por las calles y acceder a los paseos, lugares públicos y tiendas sin ningún problema, ya que los servicios públicos y privados de transporte han sido mejorados y los grupos de compradores compulsivos provenientes de China, Japón y los países árabes cercanos a Europa deambulan con entera tranquilidad y adquieren productos de moda de las mejores empresas del mundo establecidas en París.

La situación de facto es que gran cantidad de personas de ingresos medianos y altos de China y de las naciones árabes han ido adquiriendo pequeñas tiendas para revender a sus congéneres los productos de las grandes firmas internaciones ubicadas en París como una forma de convertir en activos sus capitales monetarios. Eso ha prohijado un incremento general en el nivel de vida de los parisinos, de tal modo que si se comparan con el resto de las naciones de Europa, sus precios de hotelería se encuentra que los servicios públicos casi se han duplicado y ha empobrecido al común denominador de los parisinos que ahora tienen que trabajar el doble para alcanzar el mismo nivel de vida doméstica que tenían antes de que ocurriese este fenómeno inusual del nuevo turismo extranjero especulativo.

Al mismo tiempo se ha mejorado la apariencia de los edificios y los lugares públicos, generando una gran cantidad de turismo peatonal como no existe en ninguna otra ciudad del mundo, a la vez que se induce un gran número de establecimientos comerciales en dichas rutas que venden bebidas y alimentos a los viandantes. De esta forma se compensa la falta de empleos por la decadencia de la sociedad industrial, además de que se incrementa el número de personas de la nueva sociedad del capitalismo financiero donde no existen seguridad social ni empleos permanentes.

En cambio, en la hermosa ciudad de Praga ocurre un fenómeno en el sentido opuesto, ya que aun cuando su cantidad de turistas no ha descendido, ellos no tienen el propósito de gastar su dinero en activos valiosos que pueden conservar el valor de la inversión y aún revaluarse como sucede en París, sino que sólo tratan de disfrutar las maravillosas obras arquitectónicas de una ciudad que ha sido en cierta forma la recreación de la más pura expresión del arte renacentista italiano, sobre todo de la ciudad de Florencia y de las más puras obras del gótico anterior al renacimiento. Aunque no pueden despreciarse sus increíbles incursiones por el barroco y aún por algunas expresiones arquitectónicas y plásticas más modernas de principios del siglo 20. Praga es un París en pequeño, pero que no ha tenido gobernantes capaces de explotar su permanente turismo extranjero y de entender los mecanismos de su conversión en ingresos fiscales extraordinarios como sucede en Francia.

Por azares del destino y por los vastos conocimientos artísticos de nuestros amigos personales de Praga, nos ha tocado llegar a un hotel de cuño reciente en el mero corazón de Mala Strana, cuyo propietario es un eslovaco con gran pasión por el arte florentino del renacimiento y por otras formas modernas de expresión artística de principios del siglo 20, como la pintura surrealista, el jazz y las expresiones del art noveau y el art decó. De tal manera que su magnífico edificio construido hace una década (Hotel Aria) no solamente recrea todas esas expresiones del arte en su arquitectura, sino que su mobiliario y hasta los enseres domésticos de su bar y de su comedor son verdaderas obras artísticas de gran calidad.

La primera conclusión de esta primera etapa de nuestro viaje a París y a Praga es que los efectos colaterales del capitalismo financiero global pueden morigerarse en función de la visión política de los gobernantes de los diversos países. Mientras existen naciones que simplemente acatan las decisiones de quiénes controlan las finanzas del mundo, como es el caso de España, de Italia, de Grecia, de Polonia, de Irlanda y la República Checa, para solo citar unos cuantos países europeos, lo cierto es que son escasas las naciones que como Francia encuentran una solución a la problemática global de este momento, mientras se lleva a cabo un reacomodo de la geopolítica mundial y los grandes banqueros dejen de ser los dueños de todos los territorios y los bienes del mundo actual.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)